Antecedentes: Andalucía y los títeres, breve paseo histórico.

20 de diciembre de 2023

por Francisco J. Cornejo

Los habitantes de las tierras meridionales de la península Ibérica parecen haber sido a lo largo de su historia bien propensos al uso y disfrute de los títeres. Los fenicios celebraban a su diosa Astarté con figuras, como la que conserva el Museo Arqueológico de Sevilla, con extremidades móviles para sus cultos sagrados (suponemos). Los reyes de Castilla y de León devolvieron la religión cristiana a los territorios al Sur de la Sierra Morena promoviendo el uso de esculturas animadas religiosas para propagar sus creencias y el carácter sagrado de su propia monarquía: es el caso de la Virgen de los Reyes de la catedral sevillana.

Pero, más allá de la funcionalidad religiosa de estos “títeres sacros”, que, además, siempre llevan aparejada una importante carga lúdica, hay noticias que nos muestran el fuerte arraigo de los títeres teatrales en Andalucía. La primera vez que alguien escribió la palabra castellana “títere” en un documento (de los que han llegado hasta nosotros y se conocen) fue el secretario del Cabildo municipal de Jerez de la Frontera (Cádiz), que en el acta del 8 de julio de 1513 mandaba “a los que hacen los juegos de los títeres”, que se fueran inmediatamente de la ciudad, “so pena de cien azotes” (¡Vaya por Dios, empezaban bien los titiriteros!).

La presencia de la “máquina real” de los títeres, representando comedias en los corrales andaluces está bien documentada. En Sevilla, en torno a la Cuaresma de 1631, hubo tres máquinas reales simultáneamente: la de Valentín Colomer, la de Miguel Llobregat y la de Juan de Soto, Pedro Antonio Fortesa y sus respectivas mujeres. Ese año Valentín Colomer representó en el corral de la Montería; el mismo que vendió en 1634, en Sevilla, su “máquina real de los títeres” al comediante Francisco López “con todo lo tratante e perteneciente a la dicha máquina”. Años después, en 1675, andaba por Málaga Manuel de Espinosa con su “Máquina Real de la Pulichinela”, y por Granada en 1716, cuando parece que fue prendido por la Inquisición. Por Cádiz pasaron desde finales del siglo XVIII las mejores compañías del momento. Se sabe que el día 29 de agosto de 1823 el rey Fernando VII asistió a una función de títeres en El Puerto de Santa María (Cádiz).

Los nuevos tiempos obligaron a transformar las viejas compañías itinerantes de máquina real. Fue en Cádiz donde Pedro Montenegro fundó un teatro estable donde representó con su compañía familiar desde 1824 hasta 1870, pero, sobre todo, creó un elenco de personajes cómicos, liderados por la Tía Norica, que ha pasado a formar parte del Olimpo de los títeres populares. Allí se codea con otro ilustre personaje que tiene mucho de andaluz: Don Cristóbal Polichinela, títere de guante de la ilustre familia de los Pulchinelli, que hasta las primeras décadas del siglo XX hizo las delicias de los espectadores callejeros. Juan Misa el Sevillano, el cordobés Antoñuelo Picardías, el malagueño Antonio Durán Márquez, son algunos de los titiriteros andaluces que dieron vida a Don Cristóbal (los hubo de otras partes de España y América) y formaron la larga cadena que finalizó trágicamente con el granadino Federico García Lorca, poeta al que tanto debe este personaje.

El Tío Juan Misa el Sevillano y una función de Don Cristóbal, La Ilustración Artística n.º 834, 1897.

El páramo cultural de la dictadura de Franco quiso terminar también con la libre expresión de los títeres. Casi lo consiguió en Andalucía. El titiritero tradicional desapareció por inanición; algunos amantes de los títeres (Julio Martínez Velasco, con su “Pipirijaina del Titirimundi”) resistieron con dificultad. Pero murió el dictador y llegó una nueva época. Surgieron nuevos enamorados de los títeres que querían disfrutar de su magia; un nuevo público, ávido del hasta entonces fruto prohibido, esperaba impaciente; y, entonces, ¡confluyeron los astros! Una pareja de titiriteros argentinos (Alcides Moreno y Guadalupe Tempestini), huyendo de la dictadura militar argentina, llegó a Sevilla en 1981 dispuesta a vivir de los títeres y a compartir sus experiencias como profesionales titiriteros, algo impensable por aquel entonces.

Foto: María José González de la Lastra

La Tía Norica con el toro y su nieto Batillo. Museo de Cádiz, 1984.

Coincidiendo de este momento surgió UNIMA-Andalucía; surgió la Fiesta del Títere de Sevilla y, muy pronto, festivales en las principales ciudades andaluzas; se organizaron cursos para la formación de profesionales del títere; aparecieron compañías titiriteras por toda Andalucía; resucitó la de la Tía Norica en Cádiz; se creó una Escuela de Marionetas en Gelves (1986-1990); en fin, comenzó un periodo que, 48 años después, se puede decir con orgullo que ha devuelto plenamente a la cultura andaluza algo que nunca se debería haber dejado agonizar.

La pujanza actual de la actividad titiritera andaluza, sea por parte de las muchas y cualificadas compañías existentes, sea por los festivales, asociaciones, museos, actividades formativas, investigaciones académicas, etc., hacen augurar una ¡larga vida a los títeres en Andalucía!